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Escuelas cerradas y el Estado impasible ante la tragedia

Por Claudia Rafael

(APe).- “Cuando volvamos a las escuelas –y ojalá que sea pronto- el hambre va a seguir. Y ustedes, las madres, van a tener que organizarse. Las vamos a ayudar. Pero van a tener que caminar”. Desde el CEC 801 de Moreno, la docente habla mientras sostienen la olla popular. No es la única. Hay decenas de miles chicos sin clases en el distrito de Moreno. Muchos de ellos siguen almorzando en la olla, en una iglesia evangélica con las viandas del servicio que envía el consejo escolar o con las donaciones que se fueron organizando. A un mes y diez días de la explosión de la escuela 49 que devoró las vidas de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez, las aulas están cerradas por determinación de los directivos que plantean que la inseguridad estructural los acosa. Es una amenaza latente, como lo fue para la 49 aquel 2 de agosto en que por un rato, por escasos días, la noticia copó primeras planas. Y luego se diluyó entre el Gloriagate, el subibaja del dólar o las movidas ajedrecísticas judiciales de Bonadío. Ya nadie habla de las escuelas cerradas. Aunque más de 70.000 pibes de barrios golpeados por la marginación y miles de auxiliares y docentes sigan atravesados por aquella tragedia evitable y a muchos le reaparezca en las pesadillas, en las angustias, en la vida cotidiana, en los delantales que tienen definitivamente tatuada una cinta negra.

“Así como el Diego dice ´la pelota no se mancha´… bueno, el guardapolvos sí se mancha. Se mancha de caminar por los barrios, de buscar a las alumnas y alumnos que no van a la escuela, se mancha de tuco cuando les damos de comer a los chicos, se mancha con los pegotes de ellos. Lo bueno es que se manche de eso y no de sangre”, definió para APe la antropóloga e inspectora de Psicología jubilada Claudia Lajud.

 

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